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Caracas ha sido, tradicionalmente, la malquerida de Venezuela.
No sólo porque, ancestralmente, ha sido vista como la
cuna de todos los males, desde donde los gobiernos imponían
funcionarios y medidas impopulares, sino también porque
una tradición ruralista, acentuada con la llegada del
petróleo, ha hecho que todo lo campesino sea bueno, contra
lo maligno, lo citadino. Lo cual, por cierto, no ha impedido
que ola tras ola de inmigrantes llegue a la capital a probar
suerte y futuro. Pero nunca ha sido más malquerida
Caracas que en estos años. Basura, huecos, delincuencia
e indigencia son el coctel que la han convertido en la peor
ciudad del país para vivir, la capital más sucia
y pobre del continente y la que muestra los contrastes más
abismales. Gracias a Dios, le quedan, al menos, su clima y
sus bellezas naturales.
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