OSCAR YANES
"Pero no tiene zaguán"
En los primeros años del siglo XX, los caraqueños
disfrutaban de grandes mansiones que hoy han desaparecido.
Hay una profunda diferencia entre las casas de ayer y los
apartamentos de hoy. Para comenzar el apartamento terminó
con la serenata y puso fin a la obsesión caraqueña
de medir la importancia de "una familia" por el número
de ventanas que tenía el inmueble. Una casa de cuatro
ventanas era "una familia riquísima" y una casa con una
ventana era la morada "de un limpio".
Al alquilar una casa, por La Pastora, Santa Rosalía
o San José lo primero que hacía el candidato a inquilino
era llevar a la esposa, o la mamá para ver el número
de ventanas, el corral y el zaguán. Este último
era muy importante, para el inmueble, algo así como la
corbata para el caballero. Un hombre que no usara corbata
en "la oficina o para las diligencias diarias era periodísticamente
hablando un caliche", un pobre diablo. Una casa sin zaguán
era igual a un "descorbatado". El zaguán, un pasadizo
que permitía la entrada a la vivienda tenía una
puerta respetable y terminaba en el llamado anteportón
en donde usted tocaba con delicadeza y de adentro preguntaban:
"¿Quién es?" y usted debía responder con la
clásica frase de "gente de paz", así fuera un cobrador.
Después del zaguán venía "el recibo", amueblado
con "un juego de paleta".
Frente al recibo estaba el patio y a la derecha, o a la izquierda,
la sala con el piano, instrumento que no faltaba en ninguna
casa decente; después vino la pianola y el refrán
caraqueño que sentenciaba: "ese tipo hace más bulla
que un rollo de pianola". Casi todos los cuartos se comunicaban;
después del patio estaba el corredor, con un reloj de
campana. Casa sin reloj de campana "no tenía clase".
Después la cocina con su impresionante fogón con
tres o cuatro hornillas. Cuando tú llegabas a la cocina
te dabas cuenta de la verdadera situación de la familia.
Siempre a pocos metros del fogón había una mesa,
generalmente redonda. Allí "se comía en confianza"
y se recibía a las amigas que eran "uña y carne"
de las niñitas, pues se conocían desde chiquitas.
Los baños estaban en el fondo de la mansión y más
adentro la puerta que daba al corral con la batea para lavar
la ropa y el tanque de agua. El corral, generalmente con matas
de cambures y una guanábana, era algo especial. Allí
había un pequeño cuarto "para guardar peroles".
Entre las cinco o seis habitaciones de la casa existía
una llamada: "la pieza del por si acaso". Estaba reservada
para la hija que casó con marido borracho y regresó
a vivir con su mamá".
Toda casa que se distinguía "tenía un muerto" y
"un entierro". Así llamaban a los fantasmas y los tesoros
ocultos.
Los muertos salían casi siempre en el corral. Hubo un
espanto muy famoso: "la mano pelúa". A partir de las
doce de la noche "arañaba" las puertas de las habitaciones
y desde el corral se escuchaba un espantoso grito de mujer.
Los muchachos se orinaban...
Así son las cosas.
ayanes@cantv.net