GIULIANA CHIAPPE
EL UNIVERSAL
Cada mañana, justo en la última calle antes de
llegar a su colegio, la niña de ocho años sentía
náuseas. Eran nerviosas. No quería estar en la escuela.
Esa niña era víctima de acoso escolar, o bullying,
práctica cruel de violencia infantil, más frecuente
y terrible de lo que se piensa. No debe confundirse con tener
que aguantar un sobre- nombre fastidioso durante todo el año
o caerse a golpes frecuentemente con determinado compañero.
Se trata de agresiones reiteradas, de tipo verbal, físico,
de manipulación o cibernéticas, que destruyen psicológicamente
a quien la recibe y pueden potenciar un delincuente en el
que acosa.
Tamara Salmen, pediatra especialista en conducta y desarrollo
infantil forma parte del equipo multidisciplinario del Centro
Médico Docente La Trinidad que ha estudiado el fenómeno
de acoso escolar en Venezuela. Según sus estimaciones
, en el país los episodios de acoso infantil se presentan
entre primero y noveno grado, cuando los niños tienen
entre 7 y 15 años aproximadamente. El pico máximo
de agresividad ocurre durante la primaria. Entre los adolescentes
el bullying, como tal, tiende a disminuir un poco.
A su decir, es urgente detener esta práctica y en eso
deben intervenir los adultos. El niño acosado no puede
solo. La doctora Salmen explica que el chiquillo que es víctima
de bullying suele ser tímido y como le cuesta integrarse
a los grupos, se autoexcluye. Al ser acosado, su autoestima,
que ya es baja, se va al suelo. Como nadie los defiende, se
sienten merecedores del maltrato. Pueden desarrollar propensión
a la depresión e incluso al suicidio.
El acosador, un niño de la misma edad, sabe lo que está
haciendo. La inocencia infantil no puede ser un escudo. Como
víctima escogen al niño más vulnerable, al
que anda solo. Suele tener un grupo de cómplices, que
también agreden al acosado. Salmen se apoya en los estudios
de Dan Olweus (uno de los primeros especialistas en estudiar
el fenómeno en Europa) y explica que, contrario a lo
que se cree, el acosador es un niño de autoestima inflada,
se cree mejor que el resto, sabe el daño que ocasiona
y no siente remordimientos. Es probable que también sea
un niño maltratado, física o verbalmente, en otros
ambientes, como en su casa. Como sólo actúa agresivamente
en la escuela, los padres pueden ser los últimos en enterarse
de su comportamiento.
"A ambos niños se les debe ayudar. A la víctima,
hay que darle maneras de defenderse y salir del problema.
Al acosador hay que evaluarlo psiquiátricamente, porque
se confunde este comportamiento con un trastorno de personalidad,
y mejorarle los valores en su trato social. Debe ser detectado
y corregido cada vez que comete una fechoría", expresa
la pediatra. Un niño que agrede en la escuela, puede
convertirse en un delincuente en el futuro".
Niñas peligrosas
Los varones suelen acosar con golpes, insultos o cualquier
otra acción física. Las niñas pueden actuar peor
que eso.
Las chicas son sigilosas, constantes en su acoso y más
crueles al aislar a sus víctimas. Inventan rumores y
los repiten sin remordimiento, creando una matriz de opinión
que perjudica a la víctima. Pueden decir cosas como "su
papá estuvo preso por ladrón" o "fulanita es una
ladrona". También se apoyan más que los varones
en la tecnología para agredir.
Así ocurrió en un colegio privado de Caracas, como
cuenta la doctora Salmen. Una chica de tercer grado se hizo
"amiga" de otra y memorizó la clave de su messenger.
Después, haciéndose pasar por la otra niña,
envió mensajes obscenos a sus compañeros. Los maestros
culparon a la pequeña engañada y amenazaron con
la expulsión. El padre de la niña víctima fue
quien investigó lo ocurrido y descubrió el ardid
de la supuesta amiga. Ella sólo fue sancionada durante
unos días, lo que es insuficiente para detener su conducta
agresiva.